Subir
de nuevo a la habitación del hotel deleitándose con su olor y su presencia
ausente, le proporcionaba un placer indescriptible. Acariciar las sábanas aún
latentes por un fugaz encuentro, imaginar de nuevo sus apasionadas voces y reposar en aquel sofá testigo de cómplices miradas, conformaban el
mundo ideal de la camarera. Mientras tanto, al fondo del pasillo se vislumbraba
una nueva historia para ilusionar: la habitación doscientos tres.

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