
No
podía dormir, era incapaz de conciliar el sueño. La cantidad de ruidos que se
oían en el edificio me hacían desesperar por momentos. Mi
mujer y yo vivíamos en un apartamento cerca del centro, teniendo por vecinos en el piso de al lado a cuatro pequeños monstruitos que no paraban de
aporrear el tabique contiguo a nuestro dormitorio. Por desgracia compartíamos la pared de nuestra habitación con la de su cocina, con lo cual cada
noche era una interminable sinfonía de gritos y porrazos. El centrifugado con
nocturnidad y alevosía de la lavadora completaban el lote. Alonso y Gonzalo, que así se llamaban dos de los cuatro diablillos en cuestión, eran grandes aficionados a los deportes, golpeaban con
un balón nuestro muro de las lamentaciones como si de un frontón rebosante de
pelotaris se tratase.
Luego estaba “el piano fantasma”, llamado así porque era imposible ubicar la procedencia de tan infausto y sempiterno sonido. Era fiel a su cita, puesto que cada
noche sobre las once perturbaba nuestros sentidos con una melodía de
Los Nocturnos de Chopin. Era penoso
ser testigos de semejante ultraje a la obra del compositor polaco; ¡si al
menos hubiese cambiado de fragmento!
Sin
embargo, existían dos ruidosos vecinos a los que sí teníamos localizados. Uno era Fidel, un extraño individuo que no paraba de gritar: “¡madre!, ¡madre!”, incluso a horas intempestivas. Era un poco raro, porque además hacía meses que no veíamos a Doña Amparito, su madre. La franja horaria preferida para llamar a su mamá era la madrugada, posiblemente pensaba que no habría nadie despierto a quien molestar; ¡qué considerado!
Era un tipo de aspecto siniestro, con incipiente alopecia, gafas y aspecto
desaliñado. Conducía un viejo cupé negro al que aceleraba temerariamente cada
vez que salía del garaje. Temía coincidir con él en el ascensor, ya que no
cesaba de hablar solo, de hecho uno de sus temas preferidos levantaban el ánimo a cualquiera: los accidentes de
ascensores (demostrando su preocupación por el buen funcionamiento de la comunidad). Incluso en una ocasión asistí a un episodio que casi me hizo huir
despavorido. Desesperado y lanzando improperios en dirección a los buzones,
terminó haciendo volar por los aires montones de folletos publicitarios (posiblemente no le gustaron las ofertas del "Super" del barrio). El
mayor damnificado fue Alfonso, el sexagenario portero depositario de muchos de
los secretos de la comunidad, de hecho se lo agradeció desde lo más profundo.
La otra
vecina a la que también teníamos mucho aprecio era Martina, cuyos tacones y portazos formaban
parte ya de nuestro quehacer diario. Tanto era así, que nos convertimos en especialistas del golpeo de palo de escoba, o en su defecto de fregona, contra el techo. Vivía en el piso de arriba y era tal su predilección por el taconeo
que en ocasiones dudábamos si tenía instalado un tablao flamenco en su salón, o
simplemente se trataba de una venganza sobre el propietario del inmueble, maltratando
día tras día su denostado parqué. Nuestra privilegiada ubicación nos permitía disfrutar
de su pasión por el baile.
Cuando
llegaba el fin de semana era el momento de los vecinos del primero, supuestos estudiantes ávidos de juerga y desenfreno a los que había que reconocerles
su dominio de la multiplicación: vivían tres en el inmueble pero podían llegar
a juntarse varias decenas, celebrando auténticas orgías de alcohol y sexo hasta
altas horas de la madrugada. En cierta ocasión y tras hacerles una visita en
pijama de rayas instándoles a bajar su volumen, fueron muy amables conmigo: me
invitaron a su fiesta. Decliné su invitación no sin antes dejarme seducir
durante unos segundos, e imaginarme traspasando el umbral de Sodoma y Gomorra.
Una vez dentro, una ninfa caía en mis brazos (seguramente por la atracción
de mi sugerente pijama), pero al mirar su rostro huía despavorido tras
contemplar que era el de mi mujer. Al final, sobre las dos de la mañana, mi esposa y yo
(que únicamente teníamos en común nuestra adicción a dormir con tapones
en los oídos) decidimos llamar a la policía. El escándalo fue de órdago y el resultado espectacular: la medición de los decibelios casi
reventó el aparatito, marcando un nuevo récord en la ciudad.
En fin,
dado que me he vuelto a desvelar de nuevo, he tomado la decisión de picotear
algo y bajar a pasear por el barrio. Son las cuatro y media de la madrugada y hace una noche
estupenda. Me vendrá bien tomar el aire para intentar borrar mis malos
pensamientos. Me visto, me calzo mis zapatos y agarro una chaqueta cualquiera
mientras me dispongo a salir de casa. Salgo al rellano y bajo las escaleras
entre portazos, taconazos, gritos y alaridos varios para acabar saliendo del
portal a la oscuridad de la calle. Una vez allí, paseo por la acera iluminada bajo
la tenue luz de las farolas. Noto algo extraño en el ambiente. Me detengo, no
sé lo que sucede. Miro a mí alrededor y pienso que hay algo que no encaja. Al
fin, me doy cuenta: es el silencio.
Javier Ubach