martes, 29 de marzo de 2016

El sueño de Karim







Las palabras que ha aprendido en el albergue le sirven para sobrevivir en la ciudad. Karim huyó de la miseria de su país en busca de una vida mejor; atrás dejó a su familia a los que envía con regularidad el escaso dinero que obtiene limpiando las calles. Añora a los suyos, la tierra que le vio nacer y el calor de sus gentes.

Ahora está allí, bajo una palmera recordando los versos de Omar Jayyam, envuelto por el misticismo del desierto. Anochece y el brillo de las estrellas despierta a Karim; son las luces de la ciudad anunciando un nuevo día.

Cómplices del olvido







Las palabras que ha aprendido por la noche las memoriza sin más. A él acuden multitud de individuos de cualquier continente para transmitirle nuevos términos que parecían olvidados. Su ritual siempre es el mismo: los oye mientras mira sus labios, cierra los ojos unos segundos (durante los cuales entra en trance), para finalmente reproducir los vocablos y sus sonidos a imagen y semejanza del emisor.  El devastador virus que afectó a la población, cercenó la capacidad de memorizar de los individuos. Únicamente él es capaz de recordar, atesorando todo el saber y conocimiento de la humanidad. Actúa por la noche; la oscuridad es su cómplice.

lunes, 14 de marzo de 2016

Tiempo pasado




Una vez que se encontraba arriba, sentada en el interior de la cabina,  Gabriela pensó por un instante que quizá no hubiese sido buena idea subirse al teleférico en su avanzado estado de gestación. Se encontraba sola en un país extraño al que únicamente le unía su lengua materna y la pasión por su historia.  De manera imprevista, había sentido el irrefrenable deseo de subirse allí para contemplar la ciudad que la acogió apenas unos meses atrás. Llegó a ella huyendo de un país gobernado por aquellos que de manera inmisericorde, torturaban amparándose en la sinrazón a todo aquel que no pensase igual; entre ellos, el padre de la criatura.

Cuando llevaba ya un buen trecho recorrido, la cabina se detuvo. Quedó expuesta al aire que con benevolencia la hacía oscilar como el péndulo de un reloj. Pero Gabriela no sentía miedo, al contrario, contemplaba ensimismada el manso fluir del río sobre el que se elevaba; mientras,  pensaba que cualquier tiempo pasado fue peor. A los pocos minutos la cabina reemprendió su camino, esta vez sin solución de continuidad. Al final de él se divisaba un feliz y esperanzador futuro…

domingo, 13 de marzo de 2016

Y se hizo el silencio





No podía dormir, era incapaz de conciliar el sueño. La cantidad de ruidos que se oían en el edificio me hacían desesperar por momentos. Mi mujer y yo vivíamos en un apartamento cerca del centro, teniendo por vecinos en el piso de al lado a cuatro pequeños monstruitos que no paraban de aporrear el tabique contiguo a nuestro dormitorio. Por desgracia compartíamos la pared de nuestra habitación con la de su cocina, con lo cual cada noche era una interminable sinfonía de gritos y porrazos. El centrifugado con nocturnidad y alevosía de la lavadora completaban el lote. Alonso y Gonzalo, que así se llamaban dos de los cuatro diablillos en cuestión, eran grandes aficionados a los deportes, golpeaban con un balón nuestro muro de las lamentaciones como si de un frontón rebosante de pelotaris se tratase. 
Luego estaba “el piano fantasma”, llamado así porque era imposible ubicar la procedencia de tan infausto y sempiterno sonido. Era fiel a su cita, puesto que cada noche sobre las once perturbaba nuestros sentidos con una melodía de Los Nocturnos de Chopin. Era penoso ser testigos de semejante ultraje a la obra del compositor  polaco; ¡si al menos hubiese cambiado de fragmento!
Sin embargo, existían dos ruidosos vecinos a los que sí  teníamos localizados. Uno era Fidel, un extraño individuo que no paraba de gritar: “¡madre!, ¡madre!”, incluso a horas intempestivas. Era un poco raro, porque además hacía meses que no veíamos a Doña Amparito, su madre. La franja horaria preferida para llamar a su mamá era la madrugada, posiblemente pensaba que no habría nadie despierto a quien molestar; ¡qué considerado!
Era un tipo de aspecto siniestro, con incipiente alopecia, gafas y aspecto desaliñado. Conducía un viejo cupé negro al que aceleraba temerariamente cada vez que salía del garaje. Temía coincidir con él en el ascensor, ya que no cesaba de hablar solo, de hecho uno de sus temas preferidos levantaban el ánimo a cualquiera: los accidentes de ascensores (demostrando su preocupación por el buen funcionamiento de la comunidad). Incluso en una ocasión asistí a un episodio que casi me hizo huir despavorido. Desesperado y lanzando improperios en dirección a los buzones, terminó haciendo volar por los aires montones de folletos publicitarios (posiblemente no le gustaron las ofertas del "Super" del barrio). El mayor damnificado fue Alfonso, el sexagenario portero depositario de muchos de los secretos de la comunidad,  de hecho se lo agradeció desde lo más profundo.
La otra vecina a la que también teníamos mucho aprecio era  Martina, cuyos tacones y portazos formaban parte ya de nuestro quehacer diario. Tanto era así, que nos convertimos en especialistas del golpeo de palo de escoba, o en su defecto de fregona, contra el techo. Vivía en el piso de arriba y era tal su predilección por el taconeo que en ocasiones dudábamos si tenía instalado un tablao flamenco en su salón, o simplemente se trataba de una venganza sobre el propietario del inmueble, maltratando día tras día su denostado parqué. Nuestra privilegiada ubicación nos permitía disfrutar de su pasión por el baile.
Cuando llegaba el fin de semana era el momento de los vecinos del primero, supuestos estudiantes ávidos de juerga y desenfreno a los que había que reconocerles su dominio de la multiplicación: vivían tres en el inmueble pero podían llegar a juntarse varias decenas, celebrando auténticas orgías de alcohol y sexo hasta altas horas de la madrugada. En cierta ocasión y tras hacerles una visita en pijama de rayas instándoles a bajar su volumen, fueron muy amables conmigo: me invitaron a su fiesta. Decliné su invitación no sin antes dejarme seducir durante unos segundos, e imaginarme traspasando el umbral de Sodoma y Gomorra. Una vez dentro, una ninfa caía en mis brazos (seguramente por la atracción de mi sugerente pijama), pero al mirar su rostro huía despavorido tras contemplar que era  el de mi mujer. Al final, sobre las dos de la mañana, mi esposa y yo  (que únicamente teníamos en común nuestra adicción a dormir con tapones en los oídos) decidimos llamar a la policía.  El escándalo fue de órdago y el resultado  espectacular: la medición de los decibelios casi reventó el aparatito, marcando un nuevo récord en la ciudad.
En fin, dado que me he vuelto a desvelar de nuevo, he tomado la decisión de picotear algo y bajar a pasear por el barrio. Son las cuatro y media de la madrugada y hace una noche estupenda. Me vendrá bien tomar el aire para intentar borrar mis malos pensamientos. Me visto, me calzo mis zapatos y agarro una chaqueta cualquiera mientras me dispongo a salir de casa. Salgo al rellano y bajo las escaleras entre portazos, taconazos, gritos y alaridos varios para acabar saliendo del portal a la oscuridad de la calle. Una vez allí, paseo por la acera iluminada bajo la tenue luz de las farolas. Noto algo extraño en el ambiente. Me detengo, no sé lo que sucede. Miro a mí alrededor y pienso que hay algo que no encaja. Al fin, me doy cuenta: es el silencio. 



Javier Ubach

sábado, 12 de marzo de 2016

Cualquier palabra



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Lo que daría porque fuese ya de día y su dulce voz me susurrase al oído. Cualquier palabra suya, por insignificante que resultase, conseguía dibujar una tenue sonrisa en mi rostro olvidado. Las noches se hacían eternas sin poder conciliar el sueño, rumiando multitud de pensamientos que pertenecían a mi vida pasada. Me asaltaban sin previo aviso y se clavaban en mi mente como agujas buscando ser hilvanadas por mis recuerdos perdidos. Solo tenía un asidero al que agarrarme y que me mantenía con vida tras el accidente: desde la cama, postrada, miraba a mi hijo mientras la luz del nuevo día iluminaba nuestras caras.