domingo, 13 de marzo de 2016

Y se hizo el silencio





No podía dormir, era incapaz de conciliar el sueño. La cantidad de ruidos que se oían en el edificio me hacían desesperar por momentos. Mi mujer y yo vivíamos en un apartamento cerca del centro, teniendo por vecinos en el piso de al lado a cuatro pequeños monstruitos que no paraban de aporrear el tabique contiguo a nuestro dormitorio. Por desgracia compartíamos la pared de nuestra habitación con la de su cocina, con lo cual cada noche era una interminable sinfonía de gritos y porrazos. El centrifugado con nocturnidad y alevosía de la lavadora completaban el lote. Alonso y Gonzalo, que así se llamaban dos de los cuatro diablillos en cuestión, eran grandes aficionados a los deportes, golpeaban con un balón nuestro muro de las lamentaciones como si de un frontón rebosante de pelotaris se tratase. 
Luego estaba “el piano fantasma”, llamado así porque era imposible ubicar la procedencia de tan infausto y sempiterno sonido. Era fiel a su cita, puesto que cada noche sobre las once perturbaba nuestros sentidos con una melodía de Los Nocturnos de Chopin. Era penoso ser testigos de semejante ultraje a la obra del compositor  polaco; ¡si al menos hubiese cambiado de fragmento!
Sin embargo, existían dos ruidosos vecinos a los que sí  teníamos localizados. Uno era Fidel, un extraño individuo que no paraba de gritar: “¡madre!, ¡madre!”, incluso a horas intempestivas. Era un poco raro, porque además hacía meses que no veíamos a Doña Amparito, su madre. La franja horaria preferida para llamar a su mamá era la madrugada, posiblemente pensaba que no habría nadie despierto a quien molestar; ¡qué considerado!
Era un tipo de aspecto siniestro, con incipiente alopecia, gafas y aspecto desaliñado. Conducía un viejo cupé negro al que aceleraba temerariamente cada vez que salía del garaje. Temía coincidir con él en el ascensor, ya que no cesaba de hablar solo, de hecho uno de sus temas preferidos levantaban el ánimo a cualquiera: los accidentes de ascensores (demostrando su preocupación por el buen funcionamiento de la comunidad). Incluso en una ocasión asistí a un episodio que casi me hizo huir despavorido. Desesperado y lanzando improperios en dirección a los buzones, terminó haciendo volar por los aires montones de folletos publicitarios (posiblemente no le gustaron las ofertas del "Super" del barrio). El mayor damnificado fue Alfonso, el sexagenario portero depositario de muchos de los secretos de la comunidad,  de hecho se lo agradeció desde lo más profundo.
La otra vecina a la que también teníamos mucho aprecio era  Martina, cuyos tacones y portazos formaban parte ya de nuestro quehacer diario. Tanto era así, que nos convertimos en especialistas del golpeo de palo de escoba, o en su defecto de fregona, contra el techo. Vivía en el piso de arriba y era tal su predilección por el taconeo que en ocasiones dudábamos si tenía instalado un tablao flamenco en su salón, o simplemente se trataba de una venganza sobre el propietario del inmueble, maltratando día tras día su denostado parqué. Nuestra privilegiada ubicación nos permitía disfrutar de su pasión por el baile.
Cuando llegaba el fin de semana era el momento de los vecinos del primero, supuestos estudiantes ávidos de juerga y desenfreno a los que había que reconocerles su dominio de la multiplicación: vivían tres en el inmueble pero podían llegar a juntarse varias decenas, celebrando auténticas orgías de alcohol y sexo hasta altas horas de la madrugada. En cierta ocasión y tras hacerles una visita en pijama de rayas instándoles a bajar su volumen, fueron muy amables conmigo: me invitaron a su fiesta. Decliné su invitación no sin antes dejarme seducir durante unos segundos, e imaginarme traspasando el umbral de Sodoma y Gomorra. Una vez dentro, una ninfa caía en mis brazos (seguramente por la atracción de mi sugerente pijama), pero al mirar su rostro huía despavorido tras contemplar que era  el de mi mujer. Al final, sobre las dos de la mañana, mi esposa y yo  (que únicamente teníamos en común nuestra adicción a dormir con tapones en los oídos) decidimos llamar a la policía.  El escándalo fue de órdago y el resultado  espectacular: la medición de los decibelios casi reventó el aparatito, marcando un nuevo récord en la ciudad.
En fin, dado que me he vuelto a desvelar de nuevo, he tomado la decisión de picotear algo y bajar a pasear por el barrio. Son las cuatro y media de la madrugada y hace una noche estupenda. Me vendrá bien tomar el aire para intentar borrar mis malos pensamientos. Me visto, me calzo mis zapatos y agarro una chaqueta cualquiera mientras me dispongo a salir de casa. Salgo al rellano y bajo las escaleras entre portazos, taconazos, gritos y alaridos varios para acabar saliendo del portal a la oscuridad de la calle. Una vez allí, paseo por la acera iluminada bajo la tenue luz de las farolas. Noto algo extraño en el ambiente. Me detengo, no sé lo que sucede. Miro a mí alrededor y pienso que hay algo que no encaja. Al fin, me doy cuenta: es el silencio. 



Javier Ubach

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