Lo que
daría porque fuese ya de día y su dulce voz me susurrase al oído. Cualquier
palabra suya, por insignificante que resultase, conseguía dibujar una tenue
sonrisa en mi rostro olvidado. Las noches se hacían eternas sin poder conciliar
el sueño, rumiando multitud de pensamientos que pertenecían a mi vida pasada.
Me asaltaban sin previo aviso y se clavaban en mi mente como agujas buscando
ser hilvanadas por mis recuerdos perdidos. Solo tenía un asidero al que
agarrarme y que me mantenía con vida tras el accidente: desde la cama,
postrada, miraba a mi hijo mientras la luz del nuevo día iluminaba nuestras
caras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario