Una vez que se encontraba arriba, sentada en el interior de la cabina, Gabriela pensó por un instante que quizá no hubiese sido buena idea subirse al teleférico en su avanzado estado de gestación. Se encontraba sola en un país extraño al que únicamente le unía su lengua materna y la pasión por su historia. De manera imprevista, había sentido el irrefrenable deseo de subirse allí para contemplar la ciudad que la acogió apenas unos meses atrás. Llegó a ella huyendo de un país gobernado por aquellos que de manera inmisericorde, torturaban amparándose en la sinrazón a todo aquel que no pensase igual; entre ellos, el padre de la criatura.
Cuando llevaba ya un buen trecho recorrido, la cabina se detuvo. Quedó expuesta al aire que con benevolencia la hacía oscilar como el péndulo de un reloj. Pero Gabriela no sentía miedo, al contrario, contemplaba ensimismada el manso fluir del río sobre el que se elevaba; mientras, pensaba que cualquier tiempo pasado fue peor. A los pocos minutos la cabina reemprendió su camino, esta vez sin solución de continuidad. Al final de él se divisaba un feliz y esperanzador futuro…

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