jueves, 31 de diciembre de 2015

Ensoñaciones con De Niro


 


 

Su pasión por Robert De Niro le acompañó desde la infancia, de hecho se conocía al dedillo su filmografía y sus personajes   contagiándome con  su entusiasmo por el neoyorquino. Con frecuencia, Oscar  faltaba a clase y se sumergía en el hipnótico mundo de los videoclubs para seleccionar primero en “Beta” y después en “VHS”, las películas de su ídolo saboreándolas al amparo de su acogedor hogar lejos del temido instituto.  Recuerdo que una vez me comentó  que su padre había nacido el mismo año, 1943, que su idolatrado De Niro, si bien mientras al primero lo repudiaba por sus constantes ataques y menosprecios, al segundo lo admiraba.

La transformación de Oscar intentando imitar al camaleónico actor le llevó  hasta el extremo de practicar boxeo durante una temporada como si de Jake  La Motta en “Toro Salvaje” se tratase, eso sí saliendo malparado en bastantes más ocasiones que el rocoso púgil.  Después se dejó crecer el pelo y la  barba a lo Rodrigo Mendoza en “La Misión”  para  luego terminar aprendiendo italiano y hablar como Vito Corleone, cuestión  que provocaba la risa y perplejidad de todo aquel que se cruzaba en su camino. La música también formó parte de su amplio repertorio, aprendiendo a tocar  el saxo como  en “New York, New York”, y pese a no ser su punto fuerte, le sirvió para ganarse unas monedas tocando en el metro y disfrutar de algún que otro ligue fugaz.  En ocasiones le imaginaba  deambulando por las calles salpicadas de blues y jazz para luego terminar en la soledad de su cuarto frente al espejo y pronunciar la frase: “¿Me estás hablando a mí?”, emulando a su alter ego en “Taxi Driver”.

Tal era la metamorfosis de Oscar, que en nuestras citas aparecía vestido con trajes de corte gansteril o maquillado y caminando como la criatura de Frankenstein.  Su avanzado deterioro le llevó a visitar al dentista para destrozar su dentadura como la de  Max Cady  en  “El Cabo del Miedo”, amén de tatuar por completo su cuerpo  y leer la trilogía de Miller  “Sexus”, “Plexus” y “Nexus”.  Finalmente, humillado por los abucheos  del respetable en su esporádica incursión en los clubs de comedia, huyó a otra ciudad acosado por los prestamistas tras su fallido intento de éxito en los Casinos.

Con el paso del tiempo perdimos el contacto, hasta que un día le encontré a la salida del cine conversando animadamente con su padre. Tal fue mi sorpresa, que me alegré mucho al verle junto a su progenitor. Tenía buen aspecto y tras charlar unos minutos comprobé  que no interpretaba ningún nuevo personaje aderezado por su habitual histrionismo.  Nos despedimos, y mientras me alejaba miré hacia la cartelera;  ponían una peli de Robert De Niro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Javier Ubach.

 

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