Su pasión por Robert De Niro le acompañó
desde la infancia, de hecho se conocía al dedillo su filmografía y sus
personajes contagiándome con su entusiasmo por el neoyorquino. Con
frecuencia, Oscar faltaba a clase y se
sumergía en el hipnótico mundo de los videoclubs para seleccionar primero en
“Beta” y después en “VHS”, las películas de su ídolo saboreándolas al amparo de
su acogedor hogar lejos del temido instituto.
Recuerdo que una vez me comentó que su padre había nacido el mismo año, 1943,
que su idolatrado De Niro, si bien mientras al primero lo repudiaba por sus
constantes ataques y menosprecios, al segundo lo admiraba.
La transformación de Oscar intentando imitar
al camaleónico actor le llevó hasta el
extremo de practicar boxeo durante una temporada como si de Jake La Motta en “Toro Salvaje” se tratase, eso sí
saliendo malparado en bastantes más ocasiones que el rocoso púgil. Después se dejó crecer el pelo y la barba a lo Rodrigo Mendoza en “La Misión” para luego terminar aprendiendo italiano y hablar
como Vito Corleone, cuestión que
provocaba la risa y perplejidad de todo aquel que se cruzaba en su camino. La música
también formó parte de su amplio repertorio, aprendiendo a tocar el saxo como en “New York, New York”, y pese a no ser su
punto fuerte, le sirvió para ganarse unas monedas tocando en el metro y
disfrutar de algún que otro ligue fugaz. En ocasiones le imaginaba deambulando por las calles salpicadas de
blues y jazz para luego terminar en la soledad de su cuarto frente al espejo y
pronunciar la frase: “¿Me estás hablando a mí?”, emulando a su alter ego en
“Taxi Driver”.
Tal era la metamorfosis de Oscar, que en
nuestras citas aparecía vestido con trajes de corte gansteril o maquillado y
caminando como la criatura de Frankenstein. Su avanzado deterioro le llevó a visitar al
dentista para destrozar su dentadura como la de Max Cady en “El
Cabo del Miedo”, amén de tatuar por completo su cuerpo y leer la trilogía de Miller “Sexus”, “Plexus” y “Nexus”. Finalmente, humillado por los abucheos del respetable en su esporádica incursión en
los clubs de comedia, huyó a otra ciudad acosado por los prestamistas tras su
fallido intento de éxito en los Casinos.
Con el paso del tiempo perdimos el contacto,
hasta que un día le encontré a la salida del cine conversando animadamente con
su padre. Tal fue mi sorpresa, que me alegré mucho al verle junto a su
progenitor. Tenía buen aspecto y tras charlar unos minutos comprobé que no interpretaba ningún nuevo personaje
aderezado por su habitual histrionismo. Nos
despedimos, y mientras me alejaba miré hacia la cartelera; ponían una peli de Robert De Niro.
Javier Ubach.
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