jueves, 31 de diciembre de 2015

Mireia







Sobre San Juan de Dios flotaba una paz y sosiego que nunca antes había sentido. Por los senderos de sus frondosos jardines y envolviendo los variados edificios de ladrillo rojo que componían el recinto, se podía respirar e incluso palpar la compasión y misericordia de la Orden Hospitalaria.

Fiel a mi cita, cada día me encaminaba por la vía principal hasta llegar al último edificio. Allí, junto a su cama, la acompañaba en su lenta e imparable agonía contemplando impotente como menguaba su existencia. Ella, en su más profundo interior, lo sabía, sin embargo se agarraba con las pocas fuerzas de que disponía a este maravilloso mundo que tan injustamente la había tratado. Quizá la inminente llegada de una nieta actuaba como un tenue y frágil sostén sobre el que el miedo a desaparecer empujaba sin piedad.

Mireia apareció una tarde acariciando su arpa y nos acompañó sembrando de calma y quietud la estancia. Su presencia apenas era perceptible, únicamente la dulce vibración de las cuerdas y su eterna sonrisa eran muestras de su altruista labor. Nos habituamos a que un ángel se deslizase entre nosotros hasta minutos antes de expirar.

Después todo se acabó… aunque Mireia aún sigue sobrevolando San Juan de Dios.

No hay comentarios:

Publicar un comentario