"Deja unos
puntos suspensivos", le dictó el autor al escribiente. Se conocieron décadas
atrás y desde entonces él le transcribió todos sus éxitos literarios. Soñaba
con publicar su propia novela, pero todo su tiempo lo dedicaba ayudando al
escritor en su meticuloso trabajo. Su día a día transcurría entre modificar y
corregir lo que el autor le dictaba, sólo
interrumpido por las pausas de rigor y sus ensoñaciones de creador
literario. Por fin, un día tomó la
decisión: anhelante por escribir su propia historia, le abandonó. Aquella
mañana, el autor y su ceguera quedaron solos y perdidos en el recuerdo.

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