
“La melancolía de su destino”, leyó Celina durante su trayecto en tren. Sentada enfrente se encontraba Amalia,
que atraída al ver a la anciana leyendo
poesía, entabló conversación con ella. Las unía su pasión por la literatura;
Amalia sentía devoción por Murakami, a Celina le embriagaba Cernuda. Tras compartir
viajes y confidencias surgió una
profunda amistad, cicatrizando con el tiempo sus pérdidas: una, la madre que se fue; la otra,
la hija que no pudo ser.
Aquel
día al subir al tren, supo que ella no volvería. Tras salir de la estación, se
detuvo ante una escaparate; había un libro de Cernuda.
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