Vivir a
lo grande de los bienes gananciales, era el sueño de Argón. Clea, su mujer, era
propietaria de la mayor factoría de androides de la galaxia. Un día, durante un
crucero interestelar, Clea le confesó que por sus venas no corría sangre sino los impulsos eléctricos que le
proporcionaban vida artificial. Además, su existencia tenía caducidad; apenas
le restaban unos meses para su desconexión. “No te preocupes amor, no me
importa que seas un humanoide”, le dijo Argón con hipocresía. De repente, mientras
la besaba, un cortocircuito les separó los labios para siempre. Argón había caducado.

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