Mis
recuerdos de la niñez me trasladaban al pequeño teatro de barrio donde se daban
cita mis ensoñaciones. En una ocasión, la actriz, una chica de tez morena e
hipnóticos ojos rasgados, me cautivó hasta tal punto que olvidé la obra. Salí
de la sala henchido de amor, por ella y por el teatro. Transcurrieron los años,
y a miles de kilómetros de mi pasado, volví a verla. Su rostro apenas había
cambiado, pero sin embargo sus ojos iluminaban aún más el escenario. Fue entonces
cuando descubrí la verdad; no era amor, sino la magia del teatro.

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