Serán
solo cien palabras, dije en mi alegato de defensa ante el jurado. Lo intenté,
pero las pruebas estaban en mi contra y nadie quiso testificar a mi favor. La
gente de este país tenía miedo de hablar, vivían una pesadilla en un mundo
irreal donde las purgas eran constantes. Solo esperaba que mi testimonio en
clave consiguiera traspasar las fronteras para cumplir mi misión de espionaje;
finalmente me encarcelaron.
Al amanecer, los guardias abrieron mi celda, me llevaron al paredón y me colocaron una
venda. Mientras, le susurraba al viento mis cien palabras.

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