Cada vez
que le hablaba del último sobre rechazado, ella me miraba desconsolada. Inés
continuaba enviando cartas al frente, donde hacía ya dos años que Daniel, su marido,
había partido en busca de gloria. Yo llevaba otros tantos enamorado de ella,
torturándome por cada minuto perdido sin poder besarla. Evitaba cruzar nuestras miradas, pero al mismo
tiempo anhelaba rozar su piel al devolverle otra carta. La culpa corroía mis entrañas, había matado a
Daniel y mi penitencia era amarla.

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