Subir
de nuevo al camarote era lo que más le gustaba. Eso y corretear por los
pasillos para terminar chocándose con alguien. Después reanudaba la carrera
mientras se desternillaba de risa. Un día, estando inmersa en sus travesuras,
sintió un gran impacto acompañado de un ruido ensordecedor. A continuación, el
lugar se transformó en un tremendo caos agravado por los espeluznantes gritos
de la gente que corrían de un lado a otro sin terminar de saber muy bien el
porqué. La niña subió de nuevo a la habitación para sumergirse por siempre en
las frías aguas del océano.

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